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El miedo que cierra empresas
 
La escena se repite con variaciones. Un mensaje llega al celular del dueño de la tienda. A veces es una llamada. A veces un papel. A veces una visita que no necesita decir mucho. Después viene la decisión que nadie debería tomar: pagar, denunciar, cerrar o mandar a la familia lejos.
Luz Tlāltikpakayotl
 
EUM SEIE 4 agosto 2026
 
El Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública mantiene actualizadas las bases de incidencia delictiva, incluidas las de extorsión, con corte a junio de 2026 en su portal de datos abiertos. Esas cifras ayudan a mirar el tamaño formal del delito, pero la extorsión tiene una sombra mucho más grande: muchas víctimas no denuncian por miedo, desconfianza o porque saben que viven en el mismo territorio que sus agresores.
En municipios como Cuautla, Fresnillo, zonas de Zacatecas, Morelos, Michoacán o Guerrero, los relatos de comerciantes muestran algo que no cabe completo en una tabla: el negocio se vuelve frontera entre la vida familiar y el crimen. La tortillería, el taxi, la carnicería, el puesto del mercado o la tienda de abarrotes dejan de ser simples fuentes de ingreso. Se vuelven puntos vulnerables.
Quién queda en medio
El daño baja hasta la mesa de la casa. Si el comerciante paga cuota, sube precios, reduce empleados o deja de invertir. Si cierra, se pierde un ingreso, pero también un punto de encuentro. La tienda de esquina muchas veces es más que comercio: es crédito informal, vigilancia vecinal, conversación, memoria de barrio. Cuando la extorsión la apaga, se oscurece algo más que un local.
Los responsables tienen nombre institucional: fiscalías que investigan, policías que protegen, alcaldías que conocen el territorio, cámaras empresariales que pueden acompañar denuncias, bancos que detectan operaciones y autoridades federales que deben perseguir redes. Lo peor que puede pasar es dejar a la víctima sola frente a un teléfono.
La respuesta útil empieza con protocolos sencillos: no borrar mensajes, guardar capturas, registrar números, avisar a una persona de confianza, acudir a canales de denuncia y activar redes empresariales o vecinales sin exponerse. Los comercios necesitan rutas seguras, no solo la recomendación vaga de “denuncie”. Denunciar sin protección puede ser un segundo riesgo.
Qué sí puede hacerse
La extorsión se alimenta del aislamiento. Por eso el comerciante necesita saber que no es el único, que hay una ruta, que existe acompañamiento y que su denuncia no quedará flotando. El Estado tiene que recuperar algo elemental: que pedir ayuda no se sienta más peligroso que quedarse callado.
También hay costos. Montar una unidad municipal seria contra extorsión requiere personal, tecnología, atención psicológica, seguimiento jurídico y coordinación entre niveles de gobierno. No se resuelve con una conferencia. Tampoco con patrullas que pasan una vez y se van. La extorsión exige inteligencia, presencia territorial y confianza construida caso por caso.
La mirada humana cambia la forma de contar esta historia. No basta preguntar cuánto cuesta o quién falló. También hay que preguntar quién queda solo, quién pierde tiempo, quién se cansa, quién paga de más, quién deja de salir, quién se queda sin voz y qué comunidad podría haber intervenido antes. Ese enfoque evita convertir a las personas en “casos” y permite verlas como sujetos con historia, vínculos y capacidad de actuar.
Las soluciones serias tienen condiciones. Requieren dinero, coordinación, evaluación y paciencia. También requieren decir la verdad cuando algo no alcanza. Prometer sin presupuesto es propaganda; denunciar sin salida es desesperanza. El periodismo que sirve no maquilla ni aplasta: muestra el problema, ubica responsables, escucha a la gente y deja una ruta posible, aunque sea parcial.
Para llevar este tema a tierra conviene escuchar a quienes viven el problema y no solo a quienes lo administran. En esta historia tendrían que hablar sesnsp, datos abiertos de incidencia delictiva, corte junio 2026; fiscalías estatales y reportes de víctimas de extorsión; cámaras empresariales locales y organizaciones de comerciantes. No como adorno testimonial, sino como brújula. Muchas políticas fallan porque se diseñan desde la oficina y llegan tarde al hogar, al negocio, al camión, al salón o al consultorio donde la vida ya se complicó.
Hay otra pregunta que debe acompañar la investigación: ¿qué pasa si no se hace nada durante los próximos doce meses? Esa pregunta ayuda a separar lo urgente de lo decorativo. Algunos daños no explotan de inmediato; se acumulan. Un joven fuera de la escuela, una cuidadora agotada, una tienda cerrada, una banqueta rota o una familia sin información parecen casos aislados hasta que se vuelven paisaje.
La solución debe cuidarse de la propaganda. Si una autoridad presenta un programa, habrá que revisar presupuesto, cobertura, fechas, responsables y resultados. Si una empresa presume apoyo, habrá que preguntar a trabajadores o usuarios. Si una organización civil propone una salida, habrá que mirar costo y posibilidad de escala. Hacer periodismo humano no significa creer todo lo que suena noble.
El lector también necesita una puerta de entrada. No todos pueden cambiar una ley, pero muchos pueden pedir información, hablar con su escuela, organizar vecinos, documentar una falla, acompañar a una familia, preguntar a su municipio, revisar un contrato, modificar hábitos o exigir protocolos. La acción pequeña no sustituye la reforma grande, pero muchas veces la empuja.
Por eso el tono importa. Si se escribe desde arriba, la nota aleja. Si se escribe con alarma, paraliza. Si se escribe con datos fríos, no mueve a nadie. La ruta correcta es otra: contar lo que duele sin explotar el dolor, señalar responsables sin convertir la nota en pleito, y mostrar salidas sin vender esperanza barata.
También conviene mirar a los municipios y no solo a la federación. En México, buena parte de la vida concreta pasa por decisiones locales: la calle, el agua, la escuela cercana, la patrulla, la ruta, el centro de salud, el parque, el permiso, la ventanilla. Cuando el análisis se queda en “el país”, se pierde la escala donde la familia realmente vive el problema.
Y hay que volver siempre a la misma prueba: ¿esto mejora o empeora la vida de una persona concreta? Esa pregunta limpia el lenguaje. Si una medida no reduce miedo, tiempo perdido, soledad, gasto injusto, abuso, abandono o incertidumbre, quizá no es solución; quizá solo es administración del problema con mejores palabras.
La nota, entonces, debe dejar al lector con una incomodidad útil y no con un cansancio más. Incomodidad para no mirar hacia otro lado; utilidad para saber qué exigir, qué cuidar y por dónde empezar. Ese equilibrio es el que permite hablar de temas duros sin convertirlos en ruido.
El cobro de piso no es un delito lejano. Llega al precio de la tortilla, al cierre de la papelería, al miedo de la familia que atiende el mostrador. Por eso combatirlo no es solo una tarea policial. Es defender el derecho a trabajar sin pedir permiso al miedo.
Adriana Dávila
Punto de vista
El derecho a la verdad

Reza un dicho popular: “Nadie escarmienta en cabeza ajena”. Los mexicanos podemos confirmarlo cuando, por no organizarnos, dejamos avanzar peligrosas medidas de control que ponen en riesgo nuestras libertades y que ya se viven en otros países.
La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, anunció hace unos días una de las propuestas más polémicas de su gobierno: el proyecto de lineamientos y la consulta pública sobre los derechos de las audiencias. ¿Suena bien? Si nos basáramos únicamente en el nombre, no tendríamos objeción. ¿Quién podría oponerse a perfeccionar los mecanismos para que los mexicanos contemos con información suficiente y de calidad sobre los asuntos públicos?
El problema está en el trasfondo. La “consulta abierta” del 27 de julio al 21 de agosto, plantea obligaciones para radio y televisión, códigos de ética, defensorías de las audiencias y criterios para distinguir información, opinión y publicidad. El gobierno asegura que se trata de autorregulación y que no habrá censura. Sin embargo, la ambigüedad de conceptos como “información falsa” o “descontextualizada”, la posibilidad de revisión por la autoridad y la amenaza de sanciones abren una puerta que ninguna democracia debería dejar entreabierta.
El oficialismo parece dar por hecho que el gobierno es el único depositario de la verdad y que cualquier postura nacida de la investigación, del contraste o de datos duros debe ser silenciada, anulada o desacreditada. Esta pretensión no es nueva. El primer piso de la transformación, encabezado por Andrés Manuel López Obrador desde 2018, ya mostraba una ruta que lleva a los pueblos al fracaso democrático: manipular la conversación pública para imponer control social.
López Obrador eligió a periodistas como blanco de sus ataques y descalificaciones. Buscó convencer a una nación de que el daño a los mexicanos provenía de los medios de comunicación. De ahí las exhibiciones públicas y el aparato de propagandistas que, en este segundo piso, aplica el mismo manual contra quienes ejercen profesionalmente el periodismo.
El ejemplo que sigue el gobierno mexicano no surgió aquí. Comenzó en Cuba y continuó en Venezuela. Hugo Chávez resumió esa lógica al afirmar que “los medios no siempre estaban al servicio de la verdad, sino de la mentira”. Así se atribuyó al gobierno la propiedad de “la verdad” y, con ese argumento, se justificaron regulaciones estrictas y, después, la revocación de concesiones radioeléctricas. El brazo ejecutor de la censura fue Diosdado Cabello como director de la Comisión Nacional de Telecomunicaciones en dos periodos quien hoy enfrenta acusaciones internacionales por narcotráfico, corrupción y violaciones a los derechos humanos.
Ahora México enfrenta su propia batalla por la libertad de información. El oficialismo quiere limitar lo que escuchamos y vemos para modelar la realidad que vivimos. Empieza con la radio y la televisión, pero no pierde de vista a las redes sociales, que deberán, como dice otro dicho popular, “poner sus barbas a remojar”.
Así como ocurrió con “La Mesa Redonda” en Cuba y “Aló Presidente” en Venezuela, en nuestro país “La Mañanera” cerró el círculo de una estrategia iniciada en 2018: monopolizar la agenda pública, neutralizar la denuncia y la crítica, manipular la deliberación democrática, eliminar la rendición de cuentas y desplazar al periodismo profesional para consolidar una verdad oficial.
Luis Estrada Straffon documentó este fenómeno en el libro El imperio de los otros datos. Su análisis de las conferencias de López Obrador registró decenas de miles de afirmaciones falsas, engañosas o imposibles de comprobar. Aunque no existe todavía un ejercicio equivalente para el gobierno de Sheinbaum, sobran señales de que la mentira dejó de ser un recurso ocasional para convertirse en método institucional.
Por eso no basta con indignarnos ni con esperar que alguien más defienda lo que es de todos, porque la libertad de expresión no se pierde de golpe; se desgasta cada vez que toleramos una intimidación, una sanción discrecional o el silencio impuesto a una voz incómoda. No permitamos que, bajo el nombre de un derecho, se consume un atropello democrático, respaldemos al periodismo independiente y exijamos cuentas. Si hoy permanecemos callados, mañana quizá ya no tendremos dónde alzar la voz.


Sonia Domínguez Ramírez
• Análisis Económico
Formalidad avanza, pero no alcanza
La informalidad laboral continúa siendo uno de los principales desafíos estructurales del mercado laboral mexicano. Aunque el país ha logrado reducir gradualmente la proporción de trabajadores informales durante las últimas dos décadas, más de la mitad de la población ocupada sigue desempeñándose sin acceso pleno a seguridad social ni a las prestaciones que ofrece un empleo formal.
Esa es una de las principales conclusiones del análisis Informalidad laboral en México, ¿cómo vamos? 2026, elaborado por el centro de análisis México, ¿cómo vamos?, el cual advierte que la informalidad no responde únicamente a decisiones individuales, sino que está estrechamente vinculada con las condiciones estructurales del mercado laboral, las oportunidades de empleo y las desigualdades económicas y sociales que persisten en el país.
De acuerdo con el estudio, al primer trimestre de 2026 el 54.8 por ciento de la población ocupada se encontraba en un empleo informal, mientras que el 45.2 por ciento laboraba en la formalidad, con base en cifras de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) del Inegi. Esto representa alrededor de 32.6 millones de personas trabajando sin acceso pleno a derechos laborales y seguridad social.
El análisis subraya que la informalidad no se limita al comercio ambulante o a pequeños negocios sin registro. También está presente en empresas formalmente constituidas, dependencias gubernamentales, instituciones, actividades agropecuarias y el trabajo doméstico remunerado, modalidades en las que los trabajadores carecen de protección laboral.
Si bien la tasa de informalidad disminuyó respecto de 2005, cuando alcanzaba el 59.3 por ciento de la población ocupada, la reducción de 4.5 puntos porcentuales no ha sido suficiente para revertir el crecimiento del fenómeno en términos absolutos. Hace 21 años había alrededor de 24 millones de personas ocupadas en la informalidad; hoy la cifra asciende a 32.6 millones, impulsada principalmente por el crecimiento de la población.
Además, la evolución no ha sido uniforme entre los distintos tipos de informalidad. Mientras el empleo informal en las actividades agropecuarias disminuyó 4.9 puntos porcentuales y el registrado en empresas, gobierno e instituciones cayó un punto porcentual, el sector informal de la economía aumentó 1.5 puntos porcentuales y el trabajo doméstico remunerado prácticamente no mostró cambios. En la actualidad, tres de cada diez trabajadores mexicanos continúan obteniendo sus ingresos en el sector informal.
El estudio también pone de relieve la amplia brecha salarial entre quienes cuentan con un empleo formal y quienes laboran en la informalidad.
Durante el primer trimestre de 2026, el ingreso laboral mensual promedio de una persona con empleo formal fue de 15 mil 204.4 pesos, mientras que el de un trabajador informal alcanzó 8 mil 364.1 pesos. La diferencia supera los 6 mil 840 pesos mensuales, lo que significa que un empleo formal genera, en promedio, ingresos 1.8 veces mayores que uno informal.
Las desigualdades se profundizan cuando se incorpora la perspectiva de género. El informe señala que el ingreso promedio de un hombre con empleo formal es 2.3 veces superior al de una mujer ocupada en la informalidad. Incluso entre personas con niveles educativos similares, los hombres continúan percibiendo ingresos más altos que las mujeres.
La escolaridad también marca diferencias importantes. Las personas con empleo formal acumulan, en promedio, 3.3 años más de estudios que quienes trabajan en la informalidad. Sin embargo, el reporte advierte que las mujeres presentan un nivel educativo promedio superior al de los hombres tanto en empleos formales como informales, aunque esa ventaja no logra traducirse en mejores ingresos.
El documento identifica que la informalidad tiene un impacto particularmente severo entre las mujeres debido a la combinación de empleo precario y la carga del trabajo doméstico y de cuidados no remunerado.
El 55.3 por ciento de las mujeres ocupadas trabaja en condiciones de informalidad, frente al 54.4 por ciento de los hombres. Aunque la diferencia parece reducida, adquiere otra dimensión al analizar el trabajo doméstico remunerado, donde las mujeres representan el 8.4 por ciento de la población ocupada, mientras que entre los hombres apenas alcanza el 0.4 por ciento.
Además, las mujeres dedican muchas más horas al trabajo no remunerado relacionado con las tareas del hogar y el cuidado de otras personas. En promedio, una mujer con empleo formal destina 40.6 horas semanales al trabajo remunerado y otras 32 horas a labores domésticas y de cuidados. Cuando se encuentra en la informalidad, dedica 32.4 horas al trabajo remunerado y 36.7 horas adicionales al trabajo no remunerado, una carga equivalente a casi una jornada laboral extra cada semana.
El informe también muestra que la probabilidad de desempeñarse en un empleo informal aumenta conforme crece el número de hijas e hijos. Mientras el 52.8 por ciento de las mujeres con dos hijos trabaja en la informalidad, la proporción aumenta a 62.6 por ciento entre quienes tienen tres hijos y alcanza el 85.9 por ciento entre aquellas con seis a diez hijos.
Las diferencias también son evidentes entre los distintos sectores económicos. Las actividades primarias, principalmente agropecuarias, concentran la mayor proporción de empleo informal, con 84.6 por ciento de su población ocupada. Les siguen otros servicios, excepto actividades gubernamentales, con 83 por ciento; la construcción, con 81.5 por ciento; los servicios de hospedaje y preparación de alimentos y bebidas, con 71.2 por ciento, y los servicios de esparcimiento, culturales y deportivos, con 64.4 por ciento.
En contraste, los mayores niveles de formalidad se registran en los servicios corporativos, donde el 98.6 por ciento de los trabajadores cuenta con un empleo formal; información en medios masivos, con 88.4 por ciento; generación y distribución de electricidad, agua y gas, con 87.4 por ciento; servicios financieros y de seguros, con 86.3 por ciento, y servicios educativos, con 83.5 por ciento.
El estudio destaca además que algunos sectores vinculados al comercio exterior han logrado avances importantes en materia de formalización desde 2005. La informalidad disminuyó 13.1 puntos porcentuales en transportes, correos y almacenamiento; 7.8 puntos en comercio al por mayor; 6.9 puntos en industrias manufactureras y 3.3 puntos en servicios financieros y de seguros. En contraste, aumentó en diversas actividades orientadas principalmente al mercado interno.
Para México, ¿cómo vamos?, estos resultados confirman que la informalidad continúa siendo un problema estructural que limita la productividad, reduce los ingresos de millones de trabajadores y profundiza las desigualdades sociales y de género.
El organismo sostiene que, aunque el país ha registrado avances graduales en la transición hacia empleos formales, el principal desafío consiste en impulsar una política integral que amplíe el acceso a empleos con seguridad social, mejores salarios y mayor protección laboral, especialmente para las mujeres, los trabajadores por cuenta propia y quienes laboran en micro y pequeñas empresas.
Luz Tlāltikpakayotl
• Análisis Social
P0rn0gr4f1a antes del amor
Hay temas que incomodan tanto que muchas familias prefieren no tocarlos. La p0rn0gr4f1a es uno de ellos. Se teme decir demasiado, despertar curiosidad, sonar anticuado, pelear con los hijos o entrar en un terreno que parece imposible de controlar. Pero el silencio no deja vacío. Lo ocupa internet. Y cuando internet educa primero la sexualidad de un menor, no suele hacerlo desde el amor, el respeto ni la responsabilidad.
Este tema debe tratarse sin morbo y sin escándalo barato. También sin ingenuidad. La investigación base lo plantea con precisión: no se puede omitir la pregunta sobre el impacto de contenidos sexuales de acceso temprano en la manera en que adolescentes entienden el cuerpo, el consentimiento, el amor, el deseo, la intimidad y el respeto. No es un asunto de puritanismo. Es un asunto de formación humana.
El acceso digital cambió la edad y la forma de exposición. Antes, muchos contenidos estaban escondidos detrás de barreras materiales. Hoy pueden aparecer por búsqueda, recomendación, enlaces compartidos, bromas de compañeros, cuentas falsas o curiosidad. Un adolescente puede encontrarse con imágenes para las que no tiene madurez emocional. Un niño puede ver algo que no sabe nombrar. Una niña puede recibir mensajes o presiones antes de entender sus propios límites.
La p0rn0gr4f1a no solo muestra cuerpos. Enseña una narrativa. Enseña qué se espera del deseo, qué se puede pedir, qué se puede hacer, qué cuerpos valen más, qué lugar ocupa el consentimiento, qué significa intimidad. Aunque muchos adultos quieran reducirlo a “curiosidad normal”, la exposición repetida puede moldear expectativas irreales y una visión empobrecida de la sexualidad. El riesgo es que el otro deje de aparecer como persona y aparezca como objeto de consumo.
La familia no puede llegar tarde. Hablar de sexualidad no significa vulgarizar la infancia ni dar discursos técnicos sin alma. Significa enseñar desde pequeños el respeto al cuerpo propio y ajeno, la intimidad, el pudor bien entendido, la diferencia entre cariño y presión, entre amor y uso, entre deseo y dominio. Significa que un niño sepa decir no, pedir ayuda y contar algo incómodo sin miedo a ser destruido por la reacción adulta.
La pregunta no es solo tecnológica
Muchos padres no hablan porque temen hacerlo mal. Es comprensible. Pero hacerlo tarde puede ser peor. La conversación debe ser gradual, adecuada a la edad y sostenida en confianza. No se trata de contar detalles innecesarios, sino de formar criterio. Un adolescente necesita saber que su valor no depende de ser deseado, que su cuerpo no es mercancía, que compartir imágenes íntimas lo expone, que nadie tiene derecho a chantajearlo y que la intimidad exige responsabilidad.
La escuela también tiene una responsabilidad delicada. No puede sustituir a la familia ni imponer ideologías. Pero sí puede ayudar a formar en prevención de violencia, consentimiento, respeto, dignidad, autocuidado digital y denuncia. La educación afectiva necesita salir de dos extremos: la vulgarización que reduce todo a técnica, y el silencio que deja a los menores solos. Entre ambos hay un camino serio: hablar de la persona completa.
También hay que reconocer que muchos adolescentes se acercan a estos contenidos desde soledad, presión o ansiedad. No siempre es rebeldía. A veces es curiosidad no acompañada. A veces es búsqueda de pertenencia. A veces es respuesta a una cultura que sexualiza temprano y acompaña tarde. Por eso la reacción adulta debe evitar la humillación. La vergüenza cerrará la puerta. La firmeza con cariño puede abrirla.
La responsabilidad no es individual
Las plataformas y empresas tecnológicas deben ser parte de la discusión. La verificación de edad, los mecanismos de reporte, el retiro de contenido de abuso, la protección de datos y la prevención de contacto dañino con menores no pueden tratarse como asuntos secundarios. Si una empresa gana dinero con tráfico, permanencia o publicidad, también debe responder por los riesgos que su ecosistema genera.
Las familias necesitan herramientas concretas: dispositivos fuera de habitaciones por la noche, filtros y controles razonables, conversaciones frecuentes, acuerdos sobre imágenes, explicación de riesgos de sextorsión, confianza para pedir ayuda y una red de adultos confiables. Pero sobre todo necesitan recuperar la autoridad de hablar antes de que otros hablen por ellas. La autoridad no se impone solo prohibiendo; se gana acompañando.
Una salida posible
Hay que decirlo con claridad: la sexualidad no puede quedar reducida a consumo, impulso o espectáculo. Toca el valor de la persona completa. Toca la capacidad de amar, esperar, respetar, entregarse, cuidar y reconocer al otro como alguien, no como algo. Cuando una sociedad deja que esa educación ocurra por accidente en la pantalla, abandona a sus adolescentes en una de las zonas más sensibles de su vida.
La prevención también debe incluir a los niños, no solo a los adolescentes. Desde pequeños pueden aprender que hay partes del cuerpo privadas, que nadie debe pedirles secretos incómodos, que pueden decir no, que ningún adulto debe pedir imágenes, que una pantalla no obliga a obedecer y que siempre pueden hablar con alguien de confianza. Esa educación temprana no roba inocencia; la protege.
La conversación sobre p0rn0gr4f1a también exige sanar a muchos adultos. Hay padres que arrastran vergüenza, desconocimiento o historias propias no resueltas. Hay escuelas que temen demandas o conflictos ideológicos. Hay comunidades que prefieren callar. Pero callar no protege. Proteger implica hablar con delicadeza, con verdad y con un lenguaje que no reduzca la sexualidad a miedo, pero tampoco a consumo sin consecuencias.
También hay que ofrecer una visión positiva, no solo advertencias. Los adolescentes necesitan escuchar que la intimidad puede estar ligada a respeto, ternura, compromiso y cuidado; que el deseo no es enemigo, pero necesita dirección; que amar no es consumir; que esperar no es represión automática; que el cuerpo propio y el ajeno merecen un trato que no se agota en la excitación del momento.
El reto no es asustar. Es formar. No es hablar más fuerte, sino hablar mejor. No es perseguir a los jóvenes, sino ofrecerles una visión más grande de sí mismos. Antes de que internet eduque el deseo, la familia, la escuela y la comunidad tendrían que atreverse a decir una verdad sencilla y profunda: tu cuerpo y tu intimidad merecen respeto porque tú vales más que cualquier mirada que quiera usarte.
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¿Por qué tu gasolina es tan cara?
Cinthia López Morales

El huachicol fiscal desangra a México con pérdidas de 600 mil millones de pesos, aprovechando altos impuestos para contrabandear combustible bajo redes de corrupción que involucran aduanas y altos mandos militares.
Luz Tlāltikpakayotl
• Mundo
Educar para pertenecer, Ken Salazar
Ken Salazar no nació queriendo ir a la escuela. En Borderlands, recuerda que el primer día de kínder escapó por una ventana y corrió hasta la casa de una tía. Prefería el rancho, los animales y el trabajo al aire libre. El salón le parecía una forma de encierro.
Su padre, Henry Salazar, no cedió. Había visto cómo su familia perdía tierras y oportunidades, de modo que repetía una frase que atraviesa el libro: “Pueden quitarte la tierra, pero nadie puede quitarte la educación”. No hablaba de acumular diplomas. Hablaba de conservar una libertad interior que ninguna crisis ni abuso podía confiscar.
Ése es uno de los hilos más fértiles de Borderlands: My Fight for an Inclusive America. La educación aparece como camino de movilidad, pero también como un lugar de combate. En las aulas, Salazar conoció la humillación y el prejuicio. Ahí mismo encontró a adultos capaces de mirarlo de otra manera. La diferencia entre unos y otros no fue menor: cambió la idea que el niño tenía de sí mismo.
En Manassa Elementary, el pequeño Ken fue un alumno inquieto. Se escapaba, se metía en problemas y discutía. Borderlands no lo presenta como un niño impecable. Tampoco convierte a su familia en una postal sentimental. Había disciplina severa en casa y castigos físicos en la escuela, prácticas que pertenecían a otra época y que hoy no deberían justificarse.
Pero el problema iba más allá de la dureza. A los niños de origen mexicano se les ridiculizaba por llevar tortillas en lugar de pan. Hablar español estaba prohibido. Salazar cuenta que a su hermano Leandro le lavaron la boca con jabón por usar la lengua que hablaban en casa. “Mexicano” podía ser una forma natural de nombrarse en familia y un insulto al cruzar la puerta de la escuela.
En cuarto grado, la maestra Joyce revisaba las manos de sus estudiantes. Eran hijos de rancheros y agricultores; muchos trabajaban antes o después de clase. La tierra se quedaba bajo las uñas. La maestra podía leer esa suciedad como falta de higiene. Salazar la recuerda como una señal de que ciertos niños no encajaban en el orden que ella quería imponer.
La educación fracasa cuando confunde formar con domesticar. Un límite puede enseñar responsabilidad. La humillación enseña otra cosa: que el fuerte tiene permiso para reducir al débil.
Esta distinción importa porque hoy resulta fácil caer en el extremo contrario. Corregir una injusticia no significa eliminar la exigencia. Un estudiante necesita reglas y consecuencias. Necesita también saber que la autoridad que lo corrige no busca quebrarlo. La disciplina que forma conserva el respeto. La que exhibe o desprecia deja una herida que puede durar décadas.
El maestro que cambió la dirección
La familia Salazar se mudó temporalmente a Idaho Springs cuando Henry consiguió otro empleo para mantener a sus ocho hijos. Ken llegó a una población casi completamente blanca. Podría haber sido una experiencia todavía más hostil. Ocurrió lo contrario.
Su maestro de quinto grado, el señor Sabin, no bajó las expectativas ni trató al recién llegado con condescendencia. Se interesó por él. Salazar escribe que, bajo su tutela, quiso aprender y obtuvo por primera vez calificaciones sobresalientes en todas las materias. El niño era el mismo; lo que cambió fue la relación educativa.
El señor Sabin no le regaló una identidad. Le dio un lugar desde el cual trabajar. Eso es más difícil y más valioso que repetirle a un joven que puede lograr cualquier cosa. La confianza adulta sólo tiene peso cuando viene acompañada de una tarea concreta y de la certeza de que el esfuerzo será tomado en serio.
Un buen maestro no fabrica el talento de un alumno. Lo reconoce antes de que el propio alumno sepa nombrarlo y después le exige responder por él.
Quien vive la fe en la vida cotidiana reconoce ahí una obligación incómoda: mirar a cada persona como alguien irrepetible, no como un expediente. Esa mirada no es sentimental. Exige paciencia, juicio y una forma de esperanza que se demuestra en actos: explicar otra vez, poner un límite sin insultar, defender al alumno cuando resulta más sencillo guardar silencio.
El mérito que una institución decidió no ver
Años después, en Centauri High School, Salazar se convirtió en uno de los mejores estudiantes de su generación. Tenía promedio perfecto, participaba en el consejo estudiantil, destacaba en basquetbol y atletismo, y sería el alumno que pronunciaría uno de los discursos de graduación. Sin embargo, no fue admitido en la National Honor Society.
El entrenador Frank White le explicó en privado que una maestra había bloqueado su ingreso porque, según ella, se relacionaba con “los muchachos equivocados”. Eran jóvenes de familias trabajadoras, varios de origen mexicano, alumnos de talleres vocacionales que no vestían como los estudiantes con más recursos. Salazar entendió que el sistema encargado de reconocer el mérito estaba juzgando otra cosa.
Coach White no podía borrar la injusticia. Hizo algo que a veces vale casi tanto: la nombró. Le dijo a Ken que merecía ese reconocimiento y añadió una frase que el autor no olvidaría: algún día debía volver para ayudar a cambiar esas cosas.
La escena resume una idea central de Borderlands: ser reconocido no significa recibir un favor. A veces significa que alguien restablece la verdad cuando una institución la ha torcido.
Hoy existe una discusión legítima sobre mérito, inclusión y acciones afirmativas. El propio Salazar la aborda al recordar su ingreso a la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan. Se pregunta si su origen influyó en la admisión. Es posible, admite. Pero la oportunidad no hizo el trabajo por él. Estudiaba seis o siete días por semana, soportó la presión académica y aprendió a defender sus argumentos frente a profesores que no toleraban respuestas improvisadas.
Ésa es la parte que suele perderse en los debates. Abrir una puerta no obliga a fingir que todos llegan con la misma preparación. Tampoco permite tratar a quien entra como una presencia decorativa. La inclusión que rebaja la exigencia termina enviando un mensaje ofensivo: no creemos que puedas responder.
Aprender la historia para dejar de pedir permiso
En Colorado College, Ken Salazar descubrió algo que la escuela básica nunca le había explicado: la historia de los mexicanoamericanos y el Tratado de Guadalupe Hidalgo. Hasta entonces sabía que pertenecía al Valle de San Luis, pero no comprendía del todo por qué su familia estaba ahí ni cómo había cambiado la soberanía alrededor de sus antepasados.
El curso sobre la experiencia chicana impartido por el profesor Juan Chavira le permitió ordenar datos que hasta entonces aparecían como vergüenzas privadas. También conoció a estudiantes de otras ciudades y descubrió que las comunidades mexicanas no eran una rareza confinada a su valle. La educación amplió su mundo sin arrancarlo de su origen.
Aquí conviene leer a Ken Salazar con atención crítica. Conocer la propia historia puede liberar a una persona de prejuicios aprendidos. También puede encerrarla si la educación se convierte en propaganda identitaria. El valor de la experiencia narrada en Borderlands no está en enseñar al alumno qué debe pensar sobre su grupo, sino en darle los elementos para comprender de dónde viene y someter esa historia a preguntas serias.
Una educación completa no pide al joven que renuncie a sus raíces para entrar al mundo. Tampoco le enseña que sus raíces explican todo. Le ofrece lenguaje, memoria y criterio para encontrarse con personas distintas sin desaparecer ni levantar una muralla alrededor de sí.
El espejo mexicano
Las memorias escolares de Salazar ocurrieron en Estados Unidos hace más de medio siglo. Sería un error trasladarlas mecánicamente a México. Pero sería peor leerlas como un problema ajeno. Aquí también hay niños que llegan al aula sintiendo que su lengua, su pobreza o la comunidad de la que vienen los coloca un escalón abajo.
UNICEF México reportó en 2026, con datos de la Secretaría de Educación Pública, que sólo 56 de cada 100 niñas y niños que comienzan la primaria terminan la educación media superior sin repetir ni abandonar. La brecha se agranda entre quienes viven en pobreza, pertenecen a pueblos indígenas, habitan zonas rurales, están en movilidad o tienen alguna discapacidad.
La niñez indígena alcanza en promedio 7.1 años de escolaridad, frente a 10 años del resto de la población infantil. El análisis de UNICEF sobre el periodo 2018-2025 encontró además que 79 por ciento de los estudiantes indígenas de sexto de primaria se ubicó en nivel insuficiente en Lenguaje y Comunicación, frente a 50.7 por ciento en las escuelas públicas generales.
Los números son graves, pero todavía son una forma cómoda de mirar el problema. No muestran al adolescente que deja la preparatoria para llevar dinero a casa. No enseñan la cara de la niña que recibe clases en una lengua que apenas entiende. Tampoco registran el momento preciso en que un estudiante concluye que la escuela no fue pensada para alguien como él.
Cuando un joven abandona la escuela, rara vez se va de un día para otro. Antes se acumuló una cadena de ausencias: alguien no comprendió, alguien no preguntó, alguien dejó de esperar algo de él.
Educar para una vida con propósito
Borderlands permite discutir algo que no cabe en los indicadores. ¿Para qué educamos? Si la única respuesta es conseguir empleo, la escuela se vuelve una antesala del mercado laboral. Ese objetivo importa, sobre todo en hogares donde estudiar representa la posibilidad de salir de la pobreza. Pero no alcanza.
Una persona puede dominar herramientas técnicas y no saber qué hacer con su libertad. Puede obtener un título y mirar con desprecio a quien no lo tiene. Puede aprender a competir sin aprender a servir. En la biografía de Ken Salazar, la educación se vuelve fecunda cuando se une a una deuda con la comunidad. Coach White no le dijo simplemente “vete y triunfa”. Le pidió regresar.
Ésa es una idea especialmente valiosa para los jóvenes que hoy buscan propósito. La vocación no siempre llega como una revelación extraordinaria. A veces aparece cuando una persona reconoce una necesidad que ya no puede ignorar. Estudiar deja entonces de ser una huida y se convierte en preparación para responder.
La educación que devuelve dignidad no encierra al estudiante en sí mismo. Le recuerda que sus capacidades no son propiedad privada. Lo recibido genera una responsabilidad con la familia, con la comunidad y con quienes siguen esperando una oportunidad parecida.
Esto también interpela a padres y maestros. Amar a un joven no es evitarle toda frustración. Tampoco es decidir su futuro por él. Henry Salazar quiso que varios de sus hijos fueran sacerdotes franciscanos; Ken no compartía ese deseo y finalmente regresó del seminario. El padre pudo sentirse decepcionado, pero la formación que había dado a su hijo no fue inútil. Le había enseñado que una vida debía orientarse hacia algo más grande que la comodidad.
Salazar encontró ese cauce en el derecho y el servicio público. Otro joven lo encontrará en un oficio, en una empresa, en la ciencia, en el cuidado de su familia o en una comunidad concreta. Lo importante no es copiar el destino del autor. Es comprender la pregunta que su historia deja abierta: ¿qué haré con lo que he recibido?
La educación que devuelve la esperanza
Ken Salazar llegó a las más altas responsabilidades del gobierno estadounidense, pero Borderlands no presenta ese ascenso como una historia de autosuficiencia. Detrás aparecen su madre, su padre, sus hermanos, maestros, entrenadores, profesores y mentores políticos. Algunos lo hirieron. Otros lo ayudaron a verse con verdad.
El mérito del libro está en mostrar que una trayectoria no se explica sólo por voluntad individual. También depende de las personas que abren espacios, corrigen una injusticia o sostienen una expectativa cuando el alumno está a punto de abandonar. Eso no elimina la responsabilidad personal. La vuelve posible.
Una escuela devuelve el nombre cuando deja de mirar al estudiante como “el pobre”, “el indígena”, “el problemático” o “el que no va a llegar”. Lo llama por su nombre, reconoce lo que puede dar y le exige estar a la altura.
El segundo gran apunte que deja Borderlands: My Fight for an Inclusive America, de Ken Salazar, es sencillo y difícil de practicar: educar es ver a una persona completa. No reducirla a su herida. No consentirla para evitar el conflicto. No utilizarla para confirmar una ideología.
La educación cambia una vida cuando el alumno deja de preguntarse si merece estar ahí y empieza a preguntarse para qué ha sido preparado. En ese momento, la escuela ya no es sólo un edificio ni una ruta de ascenso. Se convierte en el lugar donde alguien descubre que pertenece y que su presencia obliga a servir mejor a los demás.
Fuentes de contexto: Ken Salazar, Borderlands: My Fight for an Inclusive America, capítulos 6, 7, 9, 10 y 12; UNICEF México, “Educación y aprendizaje”; UNICEF México, Análisis de la situación de los derechos de niñas, niños y adolescentes en México 2018-2025; Secretaría de Educación Pública, Principales Cifras del Sistema Educativo Nacional 2024-2025.
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Sonia Domínguez Ramírez
• Análisis Político
Advierten riesgos en consulta de audiencias
La consulta pública sobre los nuevos Lineamientos Generales para la Protección de los Derechos de las Audiencias abrió un nuevo frente de debate sobre los alcances de la regulación en materia de libertad de expresión. Mientras el gobierno federal sostiene que el proyecto busca fortalecer el derecho de la ciudadanía a recibir información de calidad, especialistas, periodistas, organizaciones civiles y representantes de la oposición advierten que algunas disposiciones podrían dar margen a interpretaciones discrecionales y afectar la independencia editorial de los medios de comunicación.
Los lineamientos, elaborados por la Comisión Reguladora de Telecomunicaciones (CRT), permanecerán en consulta pública hasta el 21 de agosto. El proyecto plantea obligaciones para los concesionarios de radio y televisión, entre ellas contar con códigos de ética, personas defensoras de las audiencias, mecanismos para atender quejas y reglas para distinguir información, opinión y publicidad. También incorpora disposiciones relacionadas con la difusión de información falsa o descontextualizada.
Aunque el gobierno sostiene que la propuesta busca fortalecer un derecho previsto en la Constitución, el contenido del documento ha provocado reacciones de distintos sectores que consideran necesario revisar su redacción antes de su aprobación.
Una de las voces que se sumó a las críticas fue la presidenta de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados, Kenia López Rabadán, quien calificó la regulación como un asunto de “alta relevancia para la vida democrática”, al involucrar tanto los derechos de las audiencias como la libertad de expresión y de prensa.
Durante una conferencia de prensa, llamó a periodistas, universidades, organizaciones civiles, académicos, concesionarios y ciudadanos a participar en la consulta pública para presentar observaciones al proyecto antes de que concluya el proceso. Asimismo, sostuvo que proteger los derechos de las audiencias es una obligación constitucional, pero advirtió que ello no debe traducirse en restricciones para la libertad de expresión, la pluralidad informativa ni la autonomía editorial.
La legisladora señaló que uno de los aspectos que más preocupación generan es el uso de conceptos como “información falsa”, “descontextualizada”, “veraz” y “oportuna”, al considerar que carecen de definiciones objetivas y precisas. A su juicio, esa ambigüedad podría permitir que una autoridad administrativa revise contenidos periodísticos y eventualmente sancione información distinta a la versión oficial.
También cuestionó que la Comisión Reguladora de Telecomunicaciones pueda supervisar la actuación de las personas defensoras de las audiencias, al estimar que esa atribución iría más allá de lo previsto por la Constitución. Además, pidió establecer criterios claros sobre procedimientos, sanciones y multas para brindar certeza tanto a los medios de comunicación como a la ciudadanía.
Durante la sesión de preguntas y respuestas, López Rabadán afirmó que mantener la redacción actual podría propiciar la autocensura entre periodistas y medios de comunicación por temor a sanciones, además de afectar el derecho de la sociedad a acceder a información plural.
Las preocupaciones no se limitan al ámbito político. Especialistas en libertad de expresión han advertido que el proyecto contiene conceptos cuya aplicación dependería de interpretaciones subjetivas de la autoridad reguladora. Un análisis publicado por El País señala que la protección de los derechos de las audiencias es un objetivo legítimo, pero advierte que el verdadero debate radica en las facultades que tendría la Comisión Reguladora de Telecomunicaciones para resolver controversias relacionadas con contenidos informativos.
El análisis considera que expresiones como “información veraz” o “descontextualizada” pueden dar lugar a criterios discrecionales si no existen definiciones precisas, lo que podría generar incertidumbre jurídica para los medios de comunicación. También advierte que el nivel de independencia del órgano regulador será determinante para evitar que esas facultades puedan utilizarse con fines de presión política.
En el mismo sentido, diversos articulistas han señalado que el derecho de las audiencias debe fortalecerse sin menoscabar otro derecho fundamental: la libertad de expresión. Entre ellos, el periodista Darío Celis sostuvo que la regulación de contenidos vinculados con el debate público exige especial cautela para evitar que el Estado termine interviniendo en decisiones editoriales.
Frente a las críticas, el Gobierno federal ha rechazado que el proyecto represente un mecanismo de censura. La presidenta Claudia Sheinbaum aseguró que los lineamientos no buscan determinar qué información pueden difundir los medios, sino garantizar que las audiencias cuenten con mecanismos para hacer valer sus derechos.
En la misma línea, la consejera jurídica de la Presidencia explicó que las sanciones previstas en el proyecto no recaerían sobre el contenido periodístico, sino sobre incumplimientos administrativos de los concesionarios, como la ausencia de un código de ética o de una persona defensora de las audiencias.
Mientras la consulta pública permanece abierta, el debate continúa creciendo entre quienes consideran que la propuesta fortalece el derecho de las audiencias y quienes advierten que algunas disposiciones requieren mayor precisión para evitar interpretaciones que puedan afectar la libertad de expresión, la independencia editorial y el acceso de la sociedad a información plural.
¿Es justo que 58 mil aspirantes paguen por las trampas de unos pocos en la UNAM?
Cinthia López Morales

Ante un incremento atípico de puntajes por fraude con inteligencia artificial, la UNAM aplicará un examen presencial a 58 mil aspirantes para garantizar justicia y transparencia en el ingreso universitario.
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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